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Caminito

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            Caminito que el tiempo ha borrado,
            que juntos un día nos viste pasar,
            he venido por última vez,
            he venido a contarte mi mal.


            Caminito que entonces estabas
            bordeado de trébol y juncos en flor,
            una sombra ya pronto serás,
            una sombra lo mismo que yo.


            Desde que se fue
            triste vivo yo,
            caminito amigo,
            yo también me voy.


            Desde que se fue
            nunca más volvió,
            seguiré sus pasos,
            caminito, adiós.


            Caminito que todas las tardes
            feliz recorría cantando mi amor,
            no le digas si vuelve a pasar
            que mi llanto tu huella regó.


            Caminito cubierto de cardos,
            la mano del tiempo tu huella borró.
            Yo a tu lado quisiera caer
            y que el tiempo nos mate a los dos.




CAMINITO
Letra de Gabino Coria Peñaloza
Música de Juan de Dios Filiberto
Compuesto en 1926

Gabino Coria Peñaloza se referia en sus versos a un caminito del pueblo riojano de Olta. Resulto premiado en un certamen abierto por la municipalidad de Buenos Aires en 1926. Fue Ignacio Corsini quien, desde el teatro, lo convirtió en un gran éxito. Este interprete lo grabó el 15 de junio de 1927.

Enclavada en la Boca, lleva el nombre de un tango y presume de patio, ya que no tiene zaguanes ni veredas. Alberga a un teatro independiente que representa a cielo abierto, y también sirve como galería de arte. Por ella corrió el ferrocarril. El ramal que iba a Ensenada salía de la esquina de Garibaldi y Olavarría y tomaba por ese "caminito" para ir a cargar los frutos del país, o a descargar los comestibles y materiales de importación de los barcos recalados en la Vuelta de Rocha o a lo largo de los diques de la avenida Pedro de Mendoza.

Allí levantamos una ciudad que se llamó Buenos Aires; esto quiere decir buen viento. También traíamos de España, sobre nuestros buques, setenta y dos caballos y yeguas, que así llegaron a dicha ciudad de Buenos Aires. Allí, sobre esa tierra, hemos encontrado unos indios que llaman Querandís, unos tres mil hombres con sus mujeres e hijos; y nos trajeron pescados y carne para que comiéramos. También estas mujeres llevan un pequeño paño de algodón cubriendo sus vergüenzas. Estos Querandís no tienen paradero propio en el país, sino que vagan por la comarca, al igual que hacen los gitanos en nuestro país. Cuando estos indios Querandís van tierra adentro, durante el verano, sucede que muchas veces encuentran seco el país en treinta leguas a la redonda y no encuentran agua alguna para beber; y cuando cogen a flechazos un venado u otro animal salvaje, juntan la sangre y se la beben. También en algunos casos buscan una raíz que se llama cardo, y entonces la comen por la sed. Cuando los dichos Querandís están por morirse de sed y no encuentran agua en el lugar, solo entonces beben esa sangre. Si acaso alguien piensa que la beben diariamente, se equivoca: esto no lo hacen y así lo dejo dicho en forma clara.

Ulrico Schmidl, de "Buenos Aires, mi ciudad", Eudeba 1963

 

  Actualizado en enero del 2003

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